Mi hijo pasó por casa diciendo que quería revisar mi coche viejo “por seguridad”. Sonrió demasiado. Esa noche, por pura intuición, miré debajo del vehículo y encontré un rastreador escondido.

Mi hijo pasó por casa diciendo que quería revisar mi coche viejo “por seguridad”. Sonrió demasiado. Esa noche, por pura intuición, miré debajo del vehículo y encontré un rastreador escondido. No lo confronté. No pregunté nada. Lo quité con calma y lo envié por correo a Canadá. Doce horas después sonó mi teléfono. La voz al otro lado sabía exactamente lo que había hecho… y no sonaba como alguien que estuviera jugando.

Mi hijo pasó por casa un martes por la tarde, sin avisar. Dijo que estaba por la zona y que quería revisar mi coche viejo “por seguridad”. Sonrió demasiado. Esa sonrisa ensayada, exagerada, que no le conocía cuando era niño.

Me llamo Javier Molina, tenía cincuenta y nueve años y llevaba una vida tranquila en las afueras de Zaragoza. Jubilado anticipadamente, viudo desde hacía años, con un coche antiguo que apenas usaba para ir al supermercado o al centro de salud. Nada en mi rutina justificaba una visita técnica improvisada.

—Últimamente roban coches así —dijo Álvaro, mi hijo—. Mejor prevenir.

Asentí. No soy desconfiado por naturaleza. Pero algo en su tono me tensó. Revisó el capó, miró las ruedas, se agachó un segundo y volvió a levantarse demasiado rápido. No vi nada extraño, pero lo sentí.

Cuando se fue, la casa quedó en silencio. Y esa noche, sin saber exactamente por qué, cogí una linterna y salí al garaje.

Me agaché con dificultad y miré debajo del coche.

Ahí estaba.

Un pequeño dispositivo negro, magnético, perfectamente oculto junto al eje trasero. Un rastreador GPS.

No grité. No sentí rabia inmediata. Sentí algo peor: claridad.

Volví a entrar, me senté en la cocina y respiré hondo. Pensé en confrontarlo. Pensé en llamar a la policía. No hice ninguna de las dos cosas.

Lo quité con calma. Lo envolví en papel de aluminio, lo metí en una caja pequeña y escribí una dirección al azar que encontré en internet: Vancouver, Canadá. A la mañana siguiente, lo envié por correo certificado.

No dije nada. No pregunté nada.

Doce horas después, sonó mi teléfono.

Número internacional.

—Señor Molina —dijo una voz masculina, grave, perfectamente controlada—. Sabemos que retiró el dispositivo. Y sabemos que ya no está en España.

Me apoyé en la pared.

—¿Quién es usted?

Hubo una breve risa sin humor.

—Alguien que no está jugando.

Colgué con la certeza de que mi hijo no era quien movía los hilos.

Y que aquello apenas acababa de empezar.

Pasé la noche en vela. No llamé a Álvaro. No respondí a números desconocidos. A las siete de la mañana, preparé café como cualquier otro día, pero mis manos temblaban.

A las diez, volvieron a llamar.

—No intente desaparecer —dijo la misma voz—. No es necesario.

—Entonces explique —respondí—. ¿Por qué mi hijo me rastrea?

Silencio. Luego:

—No fue idea suya.

El hombre se presentó como Marc Leclerc. Dijo trabajar para una empresa privada de “gestión de riesgos”. No mencionó delitos, pero tampoco negó nada. Según él, Álvaro había sido contratado como intermediario sin conocer el alcance real.

—Usted trabajó muchos años en logística internacional —continuó—. Acceso a rutas, contactos, documentos.

Tragué saliva.

—Estoy jubilado.

—Los secretos no se jubilan.

Me explicó que, décadas atrás, durante mi etapa como director de operaciones, yo había autorizado —sin saberlo del todo— movimientos que hoy estaban bajo investigación internacional. No había cometido delitos directamente, pero sabía demasiado.

—¿Y mi hijo?

—Es la forma más eficaz de acercarse a alguien sin levantar sospechas.

Sentí náuseas. No por mí. Por haberlo arrastrado.

—Si quiere hablar, hágalo conmigo —dije—. Déjelo fuera.

Leclerc suspiró.

—Eso depende de usted.

Me pidió una reunión. Neutral. En Barcelona. Acepté.

Antes de irme, llamé a Álvaro. Le pregunté directamente. Lloró. Juró que no sabía nada del rastreador, que solo le pidieron “vigilar por seguridad”. Que había creído estar ayudándome.

No le dije del envío a Canadá.

Cuando colgué, entendí que la intuición no me había salvado por casualidad.

La reunión fue breve y tensa. Leclerc no amenazó. No hizo falta. Me ofreció un trato: cooperación limitada a cambio de protección para mi hijo.

Acepté.

Durante semanas, respondí preguntas, aclaré nombres, fechas, rutas antiguas. Nada ilegal por mi parte, pero suficiente para cerrar círculos que otros querían mantener abiertos.

Álvaro fue interrogado, pero quedó libre de cargos. Nunca me reprochó nada. Yo sí.

El rastreador apareció meses después, devuelto sin nota. Nunca supe quién lo envió de vuelta.

Ahora conduzco menos. Miro más.

Y aprendí algo tarde, pero para siempre:

a veces el peligro no viene del enemigo,
sino de lo que otros creen que tú sabes.