Me miró con una sonrisa tranquila mientras yo cargaba las tablas sobre el hombro. “Pareces un buen hombre. ¿Estás casado?”, preguntó sin rodeos. Negué con la cabeza y respondí lo único que era verdad: “No. Aún la estoy esperando”. Sus ojos cambiaron, como si hubiera tocado una herida invisible. No sabía quién era ella, ni por qué el tiempo se había detenido para mí. Pero ese instante sencillo removió un pasado que juré no volver a abrir.
Me miró con una sonrisa tranquila mientras yo cargaba las tablas sobre el hombro. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la obra en Santander, levantando polvo y cansancio. Ella estaba sentada en un banco improvisado, con un casco demasiado grande para su cabeza y una libreta en las manos. No parecía una supervisora más. Observaba en silencio, como si midiera algo que no estaba en los planos.
—Pareces un buen hombre —dijo de pronto—. ¿Estás casado?
La pregunta me descolocó. No fue coqueta ni curiosa. Fue directa, limpia. Bajé las tablas, me limpié el sudor del cuello y negué con la cabeza.
—No —respondí—. Aún la estoy esperando.
Sus ojos cambiaron. No de forma dramática, sino como cuando alguien toca una herida invisible sin querer. Cerró la libreta despacio.
—Eso no es una respuesta común —murmuró.
No supe qué decir. Yo mismo llevaba años sin decirlo en voz alta. Aquella frase era lo único que seguía siendo verdad en mi vida. No estaba solo por falta de oportunidades. Estaba solo porque el tiempo, para mí, se había detenido hacía doce años.
Ella se presentó como Clara. Arquitecta técnica. Estaba allí por un proyecto de rehabilitación municipal. Me dijo que su marido había muerto hacía tres años. No lo dijo buscando compasión. Lo dijo como quien entrega un dato necesario para que la conversación continúe sin equívocos.
—Entonces entiende lo que es esperar —dijo.
Asentí. Pero no era lo mismo. Yo no había perdido a nadie por la muerte. La había perdido por una decisión que nunca llegué a tomar.
Esa tarde, mientras seguía trabajando, su pregunta me perseguía como un eco. Recordé la estación de tren, la maleta azul, la discusión que terminó sin gritos pero con demasiadas cosas sin decir. Recordé cómo pensé que habría tiempo. Siempre tiempo.
Cuando Clara se fue, me saludó con la mano. Sonreía, pero sus ojos seguían atentos, como si hubiera visto algo en mí que ni yo quería mirar.
No sabía quién era ella en realidad, ni por qué una pregunta tan simple había removido todo. Pero entendí algo inquietante: aquel instante sencillo había abierto una puerta que yo había jurado no volver a cruzar.
Durante los días siguientes, Clara volvió a la obra varias veces. Hablábamos poco, lo justo. Comentarios técnicos. Observaciones prácticas. Pero había algo suspendido entre nosotros, una conversación que no se atrevía a empezar.
Una mañana, mientras revisábamos un plano, me preguntó:
—¿A quién esperas?
No intenté esquivarlo.
—A Marina —dije—. A la mujer que dejé ir creyendo que volvería.
Le conté la historia sin adornos. Doce años atrás, vivíamos en Bilbao. Ella quería irse a Barcelona. Un trabajo, una oportunidad que no se repetía. Yo tenía miedo. A dejar a mis padres. A empezar de cero. A no ser suficiente. Le pedí que esperara. Ella me pidió que fuera con ella.
—Le dije que necesitaba tiempo —continué—. Y ella me dijo que el amor no espera indefinidamente.
Se fue. Prometimos mantener contacto. Al principio lo hicimos. Luego menos. Después nada. Nunca supe si rehízo su vida. Nunca quise saberlo del todo. Esperarla se convirtió en mi forma de no asumir la culpa.
Clara escuchó sin interrumpir.
—¿Y si no vuelve? —preguntó al final.
Esa pregunta sí dolió.
—Entonces habré perdido la vida esperando —respondí.
Esa noche no dormí. Pensé en Marina como no lo hacía desde hacía años. No idealizada. Real. Con sus defectos. Con su impaciencia. Con su valentía. Entendí algo que hasta entonces había evitado: no estaba esperando a Marina. Estaba esperando no tener que decidir.
Días después, Clara me dijo que el proyecto terminaba. Se marchaba a Oviedo. Me invitó a tomar un café de despedida. Acepté.
—No te pregunto esto como mujer —dijo—, sino como alguien que también perdió—. ¿Te quedarías esperando si supieras que ella nunca va a volver?
No respondí.
—A veces —añadió—, esperar también es una forma de huir.
Cuando se fue, supe que no volvería a verla. Pero me había dejado algo más incómodo que la soledad: una pregunta sin refugio.
Dos semanas después, tomé un tren a Barcelona. No tenía dirección. Solo un nombre y una sensación que ya no podía seguir ignorando. No iba a buscar una reconciliación. Iba a cerrar algo que llevaba demasiado tiempo abierto.
La encontré gracias a un antiguo contacto. Marina vivía en un barrio tranquilo. Cuando abrió la puerta, tardó unos segundos en reconocerme. Luego sonrió con una mezcla de sorpresa y cansancio.
—Pensé que nunca vendrías —dijo.
Hablamos durante horas. No hubo reproches violentos. Solo verdades que por fin encontraron espacio. Marina tenía otra vida. No pareja estable. Pero sí decisiones tomadas. Caminos recorridos.
—Te esperé más de lo que debía —admitió—. Y tú te quedaste más de lo que pudiste.
Nos abrazamos. No como amantes. Como personas que se perdonaban tarde, pero honestamente.
Volví a Santander ligero. No feliz en el sentido romántico. Pero libre.
Pensé en Clara. Le escribí un mensaje sencillo: “Gracias por la pregunta”. Respondió: “Gracias por atreverte a responderla”.
Aprendí que dejar de esperar no significa traicionar el pasado. Significa dejar de vivir detenido en él. Que el amor no siempre se queda, pero tampoco desaparece si se lo mira de frente.
Ya no digo que esté esperando. Ahora digo la verdad completa: estuve esperando. Y ahora camino.



