Mi hija de siete años llegó a casa sonriendo y me mostró un dibujo. “Mamá, mira”, dijo orgullosa. Reí… hasta que lo vi bien.

Mi hija de siete años llegó a casa sonriendo y me mostró un dibujo. “Mamá, mira”, dijo orgullosa. Reí… hasta que lo vi bien. En el papel, un hombre oscuro, completamente negro, estaba de pie junto a mi cama. Sentí un frío recorrerme la espalda. Cuando le pregunté qué era, susurró: “Viene todas las noches después de que te duermes”. Esa noche no dormí. En silencio, instalé una cámara oculta en mi habitación, sin imaginar lo que estaba a punto de descubrir.

Mi hija Lucía tenía siete años y una sonrisa que siempre lograba calmarme, incluso en los días más pesados después del trabajo. Aquella tarde llegó corriendo desde su habitación con una hoja arrugada en la mano.

—Mamá, mira —dijo orgullosa—. Lo dibujé en el cole.

Reí por reflejo. Me agaché para verla a su altura, esperando un sol torcido, una casa con chimenea o algún animal imposible. Pero cuando miré con atención, la risa se me congeló en los labios.

El dibujo mostraba mi cama. Reconocí la colcha, las dos almohadas. Y junto a ella, de pie, había una figura humana completamente negra. Sin rostro. Sin ojos. Solo una silueta oscura, alta, demasiado definida para ser un garabato infantil.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Cariño… ¿qué es esto? —pregunté, intentando mantener la voz estable.

Lucía bajó el tono, como si fuera un secreto.

—Es el hombre que viene por las noches.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

—¿Qué hombre? —insistí.

—El que se queda ahí —señaló el dibujo—. Al lado de tu cama. Viene después de que te duermes.

Tragué saliva. Pensé en una pesadilla, en imaginación infantil, en algo que yo había alimentado sin querer.

—¿Y qué hace? —pregunté.

—Nada. Solo mira.

Esa noche fingí normalidad. Preparé la cena, ayudé a Lucía con los deberes, le leí un cuento y apagué la luz. Pero cuando regresé a mi habitación, no pude tumbarme sin mirar cada rincón.

No dormí. Escuché cada ruido del edificio, cada coche en la calle, cada crujido de la madera. A las tres de la madrugada, me levanté y tomé una decisión que me hizo sentir ridícula… y aterrada al mismo tiempo.

Instalé una pequeña cámara oculta en la estantería, apuntando directamente a mi cama. Era un modelo antiguo que había comprado años atrás “por si acaso”.

Me acosté sin cerrar los ojos del todo.

No imaginaba que lo que estaba a punto de descubrir no tenía nada de fantasía…
y que alguien muy real había estado entrando en mi vida sin que yo lo supiera.

A la mañana siguiente llevé a Lucía al colegio como siempre. Ella hablaba de una excursión próxima, de su mejor amiga, de cosas normales. Yo asentía, pero mi mente seguía atrapada en la cámara.

Esperé hasta estar sola para revisar la grabación.

Al principio, nada. Horas de silencio, la habitación inmóvil, mi cuerpo dormido. Estuve a punto de apagar el vídeo cuando, a las 02:17, algo cambió.

La puerta del dormitorio se abrió lentamente.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Vi cómo una sombra se deslizaba dentro de la habitación. No era una ilusión. Era una persona real. Alta, vestida completamente de negro, con una gorra baja que ocultaba el rostro.

Se quedó exactamente donde Lucía había dibujado.

Al lado de mi cama.

No se acercó. No tocó nada. Permaneció allí durante casi tres minutos, observándome dormir. Luego salió, cerrando la puerta con cuidado.

Me llevé la mano a la boca para no gritar.

Rebobiné el vídeo varias veces. No había duda. Alguien había estado entrando en mi casa.

Llamé a la policía esa misma mañana.

Los agentes revisaron la grabación, el edificio, las cerraduras. No encontraron señales de forzamiento. Eso fue lo que más me aterrorizó.

—¿Tiene copia de llaves alguien más? —preguntó uno de ellos.

Pensé en mi exmarido, pero llevaba años fuera de nuestras vidas. Luego recordé algo que había ignorado demasiado tiempo: el vecino del piso de abajo, Manuel.

Un hombre de unos cuarenta años. Educado. Silencioso. Siempre atento. Demasiado atento.

Había sido él quien, meses atrás, se ofreció a “arreglar” la cerradura cuando se atascó. Yo le agradecí el gesto… sin pensar en las consecuencias.

La policía obtuvo una orden para revisar su piso.

Encontraron copias de llaves. Fotografías tomadas desde el pasillo. Y, en una carpeta, impresiones borrosas de mi habitación captadas desde el interior.

Manuel confesó sin resistencia. Dijo que se sentía solo. Que “solo miraba”. Que nunca pensó hacer daño.

Pero el daño ya estaba hecho.

Cuando le expliqué a Lucía que ese hombre no volvería nunca más, no pareció sorprendida.

—Ya sabía que no era un monstruo —dijo—. Los monstruos dan miedo. Él no… solo estaba triste.

Sus palabras me rompieron.

Manuel fue condenado por allanamiento, acoso y violación de la intimidad. El juez fue claro: aunque no hubiera contacto físico, la invasión era real y grave.

Durante meses, Lucía durmió conmigo. Cambié cerraduras, rutinas, incluso de trabajo. Me sentía culpable por no haber visto antes las señales.

Un día, mientras ordenaba su habitación, encontré el dibujo original. El hombre negro seguía ahí. Pero Lucía había añadido algo nuevo: una puerta cerrada con llave y una figura pequeña de pie delante.

—Soy yo —me dijo—. Para que no vuelva a entrar nadie.

La llevé a terapia infantil. Yo también empecé a ir. Aprendí que la intuición de un niño no es fantasía, sino observación sin filtros.

Hoy, dos años después, seguimos viviendo en el mismo barrio. No huimos. Reclamamos nuestro espacio.

Lucía ya no dibuja sombras. Dibuja ventanas abiertas, luz, personas riendo.

Y yo aprendí algo que jamás olvidaré:
el verdadero terror no siempre se esconde en lo invisible,
sino en lo cotidiano que decidimos no mirar demasiado de cerca.