“Por favor… ella es todo lo que tengo”. Mi voz temblaba mientras la sostenía en brazos. Su respiración era un silbido roto, cada segundo más corto. Corrí de farmacia en farmacia, escuchando siempre la misma palabra: no hay. La gente me miraba pasar, nadie se detenía. Sentí pánico, rabia, desesperación. Cuando por fin alguien me cerró la puerta en la cara, caí de rodillas. Justo entonces, ocurrió algo inesperado que cambió el destino de esa noche… y de nuestras vidas.
“Por favor… ella es todo lo que tengo”.
Mi voz temblaba mientras la sostenía en brazos. El cuerpo de Lucía estaba ardiendo, pero sus manos estaban frías, rígidas. Su respiración salía a trompicones, un silbido roto que se volvía más corto cada segundo. La apreté contra mi pecho y corrí.
La primera farmacia tenía las luces encendidas y gente dentro. Golpeé el mostrador sin aliento.
—Necesito salbutamol pediátrico —dije—. Es urgente.
La farmacéutica ni siquiera levantó la vista.
—No hay.
Salí corriendo.
La segunda farmacia estaba a tres calles. Llegué jadeando, con Lucía llorando ya sin fuerza. El mismo gesto. La misma palabra.
—No hay.
La tercera cerró justo cuando llegué. Bajó la persiana metálica frente a mí.
—Por favor —supliqué—. Mi hija no puede respirar.
—Lo siento —respondió el hombre desde dentro—. No puedo hacer nada.
La gente me miraba pasar como si fuera invisible. Algunos se apartaban. Otros fingían no vernos. Sentí pánico. Rabia. Una desesperación que me quemaba por dentro.
Lucía dejó de llorar.
Ese silencio fue peor que cualquier grito.
—Mírame, cariño —susurré, sacudiéndola suavemente—. Mírame.
Nada.
Corrí a la última farmacia del barrio. Llegué justo cuando cerraban. Golpeé la puerta de cristal con la mano libre, hasta que dolió.
—¡Por favor! —grité—. ¡Se lo suplico!
El dependiente negó con la cabeza y bajó la persiana del todo.
Me quedé allí de pie unos segundos… y luego mis piernas cedieron.
Caí de rodillas en la acera, abrazando a mi hija, convencida de que la estaba perdiendo.
Y entonces escuché una voz detrás de mí.
—Oye… ¿qué le pasa a la niña?
Levanté la vista con los ojos llenos de lágrimas.
Un hombre mayor, con una bolsa de la compra en la mano, me miraba con el rostro desencajado.
—No puede respirar —dije—. No hay medicamento en ninguna farmacia.
El hombre dejó caer la bolsa al suelo.
—Espere aquí —dijo—. No se mueva.
Y salió corriendo en dirección contraria.
No sabía si creerle. No sabía si tenía tiempo.
Pero por primera vez esa noche… alguien no pasó de largo.
El hombre volvió en menos de cinco minutos, aunque a mí me parecieron horas. Venía acompañado de una mujer joven, con una chaqueta puesta a medias y el pelo recogido de cualquier forma.
—Soy enfermera —dijo sin presentarse—. Déjeme verla.
Lucía respiraba con dificultad extrema. Sus labios empezaban a ponerse morados.
La mujer sacó el teléfono.
—Llamo a emergencias ahora mismo —dijo mientras marcaba—. ¿Cuántos años tiene?
—Seis —respondí—. Asma severa.
Me hizo sentarme en el suelo, apoyando la espalda en la pared. Colocó a Lucía de lado y empezó a darle pequeñas palmadas controladas.
—Resiste, pequeña —le decía—. Resiste.
El hombre mayor regresó corriendo otra vez. Esta vez llevaba algo en la mano.
—Mi nieto es asmático —dijo, casi sin aliento—. Esto es suyo. Lo usa solo en emergencias.
Era un inhalador. Usado. Pero real.
No dudé. No pregunté. La enfermera lo tomó, lo revisó rápidamente y se lo colocó a Lucía.
—Una vez —dijo—. Solo una.
Presionó.
Lucía tosió. Fuerte. Luego otra vez.
Y entonces… respiró.
Un llanto débil, pero vivo, salió de su garganta. Yo me eché a llorar sin vergüenza, sin control, abrazándola mientras la enfermera me pedía que respirara conmigo.
La ambulancia llegó minutos después. Los sanitarios confirmaron lo que ya sabíamos: si hubiéramos tardado un poco más, el desenlace habría sido otro.
En el hospital me explicaron que había escasez del medicamento en toda la zona. Que no era culpa de las farmacias. Que “estaba pasando”.
Yo solo asentía, mirando a mi hija dormir con oxígeno puesto.
El hombre mayor vino a vernos al día siguiente. Se llamaba Manuel. La enfermera era su vecina, Elena.
—No hicimos nada especial —dijo Manuel—. Solo no miramos a otro lado.
Pero yo sabía que eso lo había cambiado todo.
Las semanas siguientes fueron duras. Ajustes médicos. Nuevos tratamientos. Miedo constante.
Pero Lucía se recuperó.
Yo no olvidé.
Denuncié la situación. Escribí cartas. Hablé con otros padres. Descubrí que no éramos un caso aislado. Que muchos habían pasado por lo mismo… sin la suerte que nosotros tuvimos.
Manuel y Elena se convirtieron en parte de nuestras vidas. No como héroes, sino como recordatorio.
Recordatorio de que una sola persona puede cambiar un destino.
Hoy siempre llevo el medicamento encima. Y también algo más: la certeza de que no podemos normalizar la indiferencia.
Esa noche aprendí que el abandono no siempre es maldad. A veces es costumbre.
Y que romperla puede salvar una vida.



