Siempre apoyé el sueño musical de mi hijo, incluso cuando otros decían que era una pérdida de tiempo. Luego vino el derrame cerebral y desperté en una cama de hospital, viendo en sus ojos una culpa que me partía el alma. Él estaba dividido entre quedarse conmigo o perseguir su futuro. Yo fingía fortaleza, pero lo veía romperse en silencio. Hasta que un día, mientras yo dormía, su teléfono vibró. Cuando leyó ese mensaje, su rostro cambió por completo… y su decisión lo alteró todo.
Siempre apoyé el sueño musical de mi hijo, incluso cuando otros decían que era una pérdida de tiempo. Desde pequeño, Lucas Ortega vivía con una guitarra colgada al hombro. Ensayaba en su habitación durante horas, componía de madrugada, tocaba en bares donde casi nadie escuchaba. Yo lo defendía cuando su padre decía que debía buscar “un trabajo de verdad”.
—Déjalo intentarlo —respondía—. Peor es vivir preguntándose “¿y si…?”.
Todo cambió una mañana cualquiera. Un dolor seco en la cabeza, un mareo brutal… y luego nada. Desperté en una cama de hospital en Madrid, con luces demasiado blancas y un pitido constante. Había sufrido un derrame cerebral. No fue mortal, dijeron los médicos, pero necesitaría rehabilitación y tiempo. Mucho tiempo.
Lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro de Lucas. Tenía 26 años, barba mal cuidada, ojeras profundas. En sus ojos había algo que me partió el alma: culpa.
—Mamá… —susurró—. Perdóname.
No entendí por qué pedía perdón. Intenté sonreír, fingir fortaleza.
—Estoy aquí —le dije—. Eso es lo importante.
Pero lo veía romperse en silencio. Lucas había sido aceptado en un programa musical en Berlín, una oportunidad real, concreta. El viaje estaba programado para dos semanas después del derrame.
Pasaba horas sentado a mi lado, mirando su guitarra apoyada contra la pared como si fuera un objeto prohibido.
—Puedo quedarme —decía—. No pasa nada.
—No digas tonterías —respondía—. Tu vida no se detiene por mí.
Mentía. Tenía miedo. No a estar sola, sino a convertirme en la razón por la que renunciara a su futuro.
Una tarde lo vi llorar en el baño del hospital, en silencio, apoyado contra el lavabo. No me escuchó. Yo cerré los ojos.
Esa noche me dormí exhausta.
Lucas se quedó en la habitación.
No supe que todo cambiaría por un mensaje… hasta que lo vi reflejado en su rostro al día siguiente.
Me desperté de madrugada con un ruido leve. El teléfono de Lucas vibraba sobre la silla. Él estaba sentado cerca de la ventana, mirando la ciudad dormida. Tomó el móvil sin pensar que yo lo observaba entre sueños.
Leyó el mensaje.
Y su rostro cambió por completo.
No fue alivio.
Fue impacto.
Se levantó, caminó de un lado a otro de la habitación y se pasó la mano por el pelo una y otra vez. Finalmente, salió al pasillo. Yo fingí dormir, pero cada músculo estaba en tensión.
Cuando volvió, tenía los ojos enrojecidos.
—¿Todo bien? —pregunté.
Asintió, pero no me miró.
—Era del programa de Berlín —dijo finalmente—. Me dan 48 horas para confirmar. Si no, pierdo la plaza.
El nudo en mi pecho se apretó.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé —respondió con honestidad brutal—. Siento que, haga lo que haga, voy a traicionar a alguien.
Ese día fue largo. Médicos, fisioterapeutas, visitas breves. Lucas apenas habló. Por la tarde, se sentó a mi lado.
—Tengo miedo de irme y que empeores —confesó—. Y tengo miedo de quedarme y odiarme por siempre.
Lo miré. Vi al niño que tocaba para mí en el salón.
—Escúchame bien —le dije—. Yo no crié a un hombre para que viva con culpa.
Le expliqué algo que llevaba días pensando. Que mi recuperación no dependía de que él renunciara a su vida. Que yo necesitaba verlo avanzar para sentir que todo había valido la pena.
—Pero si te pasa algo… —susurró.
—Entonces me pasaré sabiendo que mi hijo no se abandonó a sí mismo —respondí.
Esa noche tomó la guitarra. Tocó muy bajo, solo para mí. Lloramos los dos.
A la mañana siguiente, lo vi escribir un correo. No supe qué decidió hasta que me miró y dijo:
—He aceptado.
No celebré. Solo asentí.
—Haz que valga la pena —le dije.
Lucas se fue una semana después. Yo seguía en rehabilitación. Nos despedimos en la estación, sin promesas exageradas.
—Vuelve cuando quieras —le dije—. No cuando debas.
Los primeros días fueron duros. Me sentía sola, cansada, asustada. Pero cada vez que dudaba, pensaba en su decisión y en lo que significaba.
Lucas me llamaba cada noche desde Berlín. Me hablaba de clases exigentes, de músicos increíbles, de miedo y emoción mezclados.
—Sigo dudando —me confesó una vez.
—Eso es vivir —respondí.
Meses después, caminé sin ayuda por primera vez. Lloré de orgullo y de dolor. Él me aplaudió por videollamada desde un pequeño escenario.
Un año más tarde, volvió para un concierto en Madrid. Tocó una canción dedicada a mí.
—Mi madre me enseñó que amar no es retener —dijo al público—, sino soltar sin rencor.
Entendí entonces que aquel mensaje no lo había alejado de mí.
Lo había convertido en quien debía ser.
Y yo, en paz, supe que había tomado la decisión correcta.



