Mi hijo de ocho años llevaba días quejándose: “Mamá, me duele la parte de atrás de la cabeza”. Pensé que era cansancio, nada más. Hasta que fuimos a la peluquería. La peluquera se quedó inmóvil, pálida, y dijo en voz baja: “Mamá… esto no es normal”. Miré el espejo y sentí que el corazón se me detenía. Sin preguntar, sin dudar, tomé a mi hijo de la mano y corrí directo a la policía. Algo terrible había ocurrido.
Mi hijo Álex tenía ocho años y llevaba varios días repitiendo lo mismo:
—Mamá, me duele la parte de atrás de la cabeza.
Yo lo atribuí al cansancio. El colegio, los deberes, las horas frente a la pantalla. Nada grave, pensé. Le di paracetamol, le acaricié el pelo y le dije que se le pasaría.
No se le pasó.
Dormía mal. Se despertaba tocándose la nuca. Una tarde incluso lloró sin saber explicar por qué. Yo seguí posponiendo la visita al médico. Aún hoy me duele admitirlo.
El sábado por la mañana lo llevé a la peluquería del barrio, en Valladolid, la de siempre. Rosa, la peluquera, lo conocía desde bebé. Álex se sentó en la silla, se colocó la capa y yo me relajé por primera vez en días.
Hasta que Rosa se quedó inmóvil.
Separó el cabello con cuidado, inclinó la cabeza y tragó saliva.
—Mamá… —susurró— esto no es normal.
—¿Qué pasa? —pregunté, acercándome.
No respondió. Me hizo un gesto para que mirara el espejo.
En la nuca de mi hijo había marcas circulares, amoratadas, en distintas fases. No parecían golpes recientes. Parecían repetidos.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Álex… ¿te has caído? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Él bajó la mirada.
—No.
Rosa apagó la máquina.
—Esto no es de una caída —dijo—. Lo siento, pero tenía que decírtelo.
No pregunté nada más. No pedí explicaciones. No llamé a nadie.
Tomé a mi hijo de la mano, salimos de la peluquería y empecé a caminar rápido. Luego a correr. Mi cabeza solo tenía una idea clara.
Entré en la comisaría más cercana con Álex aún con la capa puesta.
—Necesito ayuda —dije—. Ahora.
El agente me miró, vio a mi hijo y asintió sin preguntas.
Algo terrible había ocurrido.
Nos llevaron a una sala tranquila. Un agente se arrodilló frente a Álex y le habló despacio, sin uniforme intimidante, sin cuaderno al principio.
—¿Te duele mucho ahora? —preguntó.
Álex asintió.
Yo temblaba. Me culpaba por cada vez que había minimizado su dolor.
Llamaron a una médica forense. Luego a servicios sociales. Todo se movía rápido, como si el sistema, por una vez, supiera exactamente qué hacer.
—¿Quién cuida de Álex cuando usted trabaja? —me preguntaron.
—Mi hermano Sergio —respondí—. Vive cerca. Lo recoge algunos días.
No pensé nada raro al decirlo. Nunca lo había hecho.
El médico confirmó que las marcas no eran accidentales. Eran compatibles con presión repetida.
Cuando Álex se sintió seguro, habló.
—El tío Sergio se enfada cuando no me duermo —dijo en voz baja—. Dice que no sea exagerado.
Sentí náuseas.
Sergio fue detenido esa misma tarde. Negó todo. Dijo que Álex “inventaba”.
Pero había pruebas. Y testigos. Y demasiadas marcas.
Yo firmé papeles sin leerlos del todo. Solo quería a mi hijo conmigo.
Esa noche no dormimos. Álex se acurrucó a mi lado como cuando era pequeño. Yo no paré de pedirle perdón.
El proceso fue largo. Duro. Silencioso.
Sergio fue condenado. No tanto como yo habría querido, pero lo suficiente para que no volviera a acercarse a ningún niño.
Álex empezó terapia. Al principio apenas hablaba. Luego dibujaba. Después empezó a dormir mejor.
Yo también necesité ayuda. Para aprender a escuchar sin minimizar. Para no justificar lo injustificable.
Cambiamos rutinas. Cambié de trabajo. Dejé de delegar lo importante.
Hoy Álex tiene diez años. Juega al fútbol. Se queja cuando pierde. Se ríe fuerte. A veces todavía le duele la cabeza, pero ahora sé escuchar.
Aprendí algo que no olvidaré jamás: cuando un niño insiste en que algo duele, no es cansancio. Es una llamada de auxilio.
Y nunca, nunca debe ignorarse.



