Era mi primer día de trabajo y ya iba tarde. Me detuve solo un segundo… y ese segundo lo cambió todo. Una chica herida, sangrando, pidiendo ayuda. Elegí quedarme. Cuando llegué a la empresa, el jefe no quiso escuchar explicaciones: “Estás despedido. Elegiste a una chica antes que a la compañía”. En ese instante, el gerente de RR. HH. entró pálido, temblando, y gritó: “¡Enciendan las noticias ahora mismo!”. Lo que apareció en la pantalla hizo que todos guardaran silencio.
Me llamo Javier Torres, tengo veintinueve años y aquel lunes era mi primer día de trabajo en una empresa tecnológica de Madrid. Un contrato que había esperado meses. Me desperté antes de que sonara el despertador, nervioso, repasando mentalmente cada detalle: la camisa planchada, la ruta más rápida, la hora exacta.
Todo iba bien… hasta que no.
A dos calles del edificio, vi algo que me hizo frenar en seco. Una chica estaba tirada junto a un paso de peatones. Sangraba por la frente. Intentaba incorporarse sin éxito. Al verme, alzó la mano.
—Por favor… ayúdame…
Miré el reloj. Faltaban cuatro minutos para mi hora de entrada.
Ese segundo de duda fue eterno.
Me acerqué. Llamé a emergencias. Me quité la chaqueta para presionar la herida. La chica temblaba.
—No puedo mover la pierna —susurró.
Cuando llegó la ambulancia, los sanitarios me hicieron preguntas, tomaron mis datos. Perdí la noción del tiempo.
Llegué a la empresa cuarenta minutos tarde.
El director, Ramón Alcázar, ni siquiera me dejó sentarme.
—Primer día y ya llegas tarde. Aquí la puntualidad no es negociable.
Intenté explicar, pero me cortó.
—No me interesa tu historia. Elegiste a una chica antes que a la compañía. Eso dice mucho de tus prioridades.
Me entregó una carpeta.
—Estás despedido.
Sentí vergüenza, rabia… y una extraña calma. Había hecho lo correcto.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. El gerente de Recursos Humanos, Miguel Salinas, entró pálido, con el móvil en la mano, casi sin aliento.
—Ramón… —balbuceó—. Enciendan las noticias. Ahora mismo.
Alguien encendió la televisión de la sala. En la pantalla apareció un rótulo urgente:
“ATROPELLO CON FUGA EN MADRID: JOVEN EN ESTADO GRAVE, TESTIGO CLAVE AUXILIÓ A LA VÍCTIMA”
La imagen mostró el lugar exacto donde me había detenido. Luego, una foto borrosa… mía.
El silencio fue absoluto.
Nadie habló durante varios segundos. Solo se escuchaba la voz de la presentadora explicando los hechos.
—La joven, Clara Mendoza, de veinticuatro años, fue atropellada por un vehículo que se dio a la fuga. Según fuentes policiales, un hombre se detuvo, prestó los primeros auxilios y permitió una rápida intervención médica…
Ramón me miró como si acabara de descubrir que no sabía quién era yo.
—¿Eras tú?
Miguel asintió.
—La policía está pidiendo localizar al testigo. El vídeo de una cámara de tráfico lo ha captado todo.
En la pantalla apareció la secuencia: el coche huyendo, la chica cayendo al suelo… y yo entrando en escena, arrodillado, llamando a emergencias.
—Sin esa ayuda —continuó la periodista—, los médicos afirman que la víctima podría haber muerto por pérdida de sangre.
Ramón tragó saliva. Su seguridad se había evaporado.
—Javier… podemos hablar de esto.
—Ya hablamos —respondí—. Usted decidió no escuchar.
Miguel apagó la televisión.
—La policía viene en camino. Quieren tomar declaración aquí.
Durante la espera, nadie volvió a mencionar el despido. Algunos empleados me miraban con respeto. Otros, con culpa.
Los agentes llegaron y me pidieron que relatara todo. Ramón intentó interrumpir, pero uno de ellos lo frenó con la mano.
—Déjelo hablar.
Cuando terminaron, uno de los policías me estrechó la mano.
—Hizo lo correcto. No todo el mundo se detiene.
Antes de irse, Miguel me llamó aparte.
—Ramón tomó una decisión precipitada. La empresa… quiere rectificar.
Lo miré con calma.
—No necesito rectificaciones. Necesito saber dónde trabaja la humanidad aquí.
Esa tarde, las redes sociales explotaron. “El despedido por ayudar”. “El héroe anónimo”. Mi nombre empezó a circular sin que yo lo buscara.
Recibí un mensaje del hospital. Clara estaba estable. Quería verme.
Visité a Clara dos días después. Tenía la pierna inmovilizada y la frente vendada, pero sonreía.
—Me dijeron que llegaste tarde al trabajo por mí.
—Sí —respondí—. Y no me arrepiento.
Me tomó la mano.
—Gracias por quedarte.
A la salida del hospital, tenía tres llamadas perdidas. Dos eran de empresas que habían visto la noticia. La tercera, de Ramón.
No devolví esa llamada.
Acepté otro trabajo semanas después. No por la historia, sino por la entrevista. Me preguntaron qué haría si algo así volvía a ocurrir.
—Lo mismo —respondí—. Sin dudar.
Sonrieron. Y supe que estaba en el lugar correcto.
A veces, perder un empleo es el precio de no perderse a uno mismo.



