Mi hija decía que su muñeca “latía” y hacía un sonido raro. Me reí nerviosa y la tiré a la basura.

Mi hija decía que su muñeca “latía” y hacía un sonido raro. Me reí nerviosa y la tiré a la basura. Al día siguiente, el noticiero interrumpió la programación: explosión en el vertedero municipal. Mostraron imágenes… y allí estaba la muñeca de mi hija, intacta entre los restos. Sentí que la sangre se me congelaba. Nadie entendía cómo había llegado allí. Yo sí. Y lo peor fue recordar quién nos la regaló.

Mi hija decía que su muñeca “latía”.

No lo dijo una vez, sino varias. Golpeaba el pecho de plástico con el dedo y me miraba seria.

—Mamá, escucha… hace tic… tic.

Me reí nerviosa. Le dije que sería el mecanismo interno, algún resorte suelto. Era una muñeca grande, cara, con ojos que se cerraban y un pecho blando que simulaba respirar. Un regalo “especial”.

Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, la oí.

Un sonido rítmico, metálico, amortiguado. Me levanté, fui al cuarto de Elena, mi hija de siete años, y apagué la luz de la muñeca. El sonido siguió unos segundos más.

Sentí un escalofrío, pero me forcé a ser racional.

A la mañana siguiente, mientras Elena estaba en el colegio, metí la muñeca en una bolsa negra y la tiré al contenedor de basura del barrio. Sin ceremonias. Sin despedidas.

Creí que ahí terminaba todo.

Al día siguiente, el noticiero interrumpió la programación matinal.

“Última hora: explosión en el vertedero municipal de Alcalá de Henares. Las autoridades investigan las causas…”

Las imágenes mostraban montañas de residuos humeantes, bomberos, policía científica. Yo desayunaba de pie cuando el cámara hizo un barrido lento.

Y la vi.

La muñeca de Elena.

Intacta. Reconocible. Con su vestido rosa apenas ennegrecido, apoyada sobre restos calcinados. El periodista hablaba de “un objeto infantil hallado en el epicentro”.

El café se me cayó de las manos.

Decían que la explosión había sido causada por un artefacto improvisado mezclado con residuos electrónicos. Nadie entendía cómo una muñeca había llegado hasta el núcleo del vertedero sin pasar por la compactadora.

Yo sí lo entendía.

Recordé el sonido. El “latido”. Recordé mis manos temblando al tirarla. Y, sobre todo, recordé quién nos la había regalado.

Cuando sonó el timbre esa tarde y vi su nombre en el móvil, no contesté.

Porque en ese momento comprendí algo peor que el miedo:
no había sido un accidente,
y la muñeca nunca fue un juguete.

La muñeca nos la había regalado Marcos Vidal, hermano menor de mi esposo. Tío cariñoso en apariencia, ingeniero electrónico, siempre con “inventos” y gadgets raros. Elena lo adoraba.

—Es un modelo educativo —nos dijo el día del cumpleaños—. Para que aprenda cómo funciona el cuerpo humano.

Ahora esa frase me daba náuseas.

Llamé a mi esposo, Javier, al trabajo.

—Necesitas volver a casa —le dije—. Ahora.

Le mostré el vídeo del noticiero. Su cara pasó de la confusión al horror.

—¿Cómo llegó eso al vertedero? —preguntó.

—La tiré yo.

El silencio fue brutal.

—¿Por qué?
—Porque hacía ruidos. Porque no era normal. Porque… —me quebré— porque estaba dentro del cuarto de nuestra hija.

Javier quiso llamar a Marcos. Lo detuve.

—No todavía.

Esa misma tarde, la policía llamó a nuestra puerta. Querían saber cómo una muñeca doméstica había acabado en el foco de una explosión. Fui honesta. Conté todo.

Un técnico de explosivos nos explicó lo que habían encontrado: dentro del cuerpo de la muñeca había un dispositivo electrónico camuflado, con batería independiente, carcasa ignífuga y un temporizador defectuoso. No era una bomba potente por sí sola, pero en contacto con otros residuos había provocado la reacción en cadena.

—El “latido” —dijo— era el temporizador.

Sentí ganas de vomitar.

La policía pidió el origen del objeto. Dimos un nombre.

Marcos desapareció dos días después.

Durante el registro de su piso encontraron más muñecas. Más dispositivos. Cámaras diminutas. Micrófonos. No todos eran explosivos. Algunos eran solo… vigilancia.

—¿Por qué? —le pregunté a Javier, rota.

Él bajó la mirada.

—Marcos fue despedido hace un año —confesó—. Trabajaba para una empresa de gestión de residuos tecnológicos. Le pillaron robando componentes. Yo… yo lo ayudé a salir del país unos meses.

Elena dejó de dormir sola.

Cuando detuvieron a Marcos en un hostal de Murcia, no opuso resistencia. En el interrogatorio, dijo algo que aún me persigue:

—Nunca iba a hacerle daño a la niña. Solo necesitaba probar que el sistema funcionaba en un entorno real.

Mi hija no era un “entorno”.
Era un ser humano.

El juicio fue rápido. Las pruebas eran abrumadoras. Marcos fue condenado por fabricación de artefactos ilegales, puesta en peligro de menores y almacenamiento de material explosivo.

Nunca nos miró directamente.

Elena empezó terapia infantil. Dibujaba muñecas sin cara. Luego, poco a poco, dejó de dibujarlas.

Una tarde me preguntó:

—Mamá, ¿yo tuve la culpa?

La abracé con fuerza.

—No. Tú hiciste lo correcto al decir que algo estaba mal.

Yo también aprendí algo: a no reírme cuando el instinto grita.

La casa volvió a la calma. Pero cada vez que veo un juguete con luces o sonidos, lo reviso. Dos veces.

A veces, lo cotidiano es donde se esconden los peores peligros.

Y a veces, lo más aterrador no es una explosión…
sino recordar a quién dejamos entrar en la vida de nuestros hijos.