Mi boda había sido el tipo de evento que uno ve en revistas: flores blancas colgando del techo, luces cálidas, música suave y sonrisas por todas partes. Después de meses de estrés, finalmente podía respirar mientras mi esposa, Camila, hablaba con los invitados. Yo me serví un vaso de agua y me aparté unos pasos para descansar los pies, sin imaginar que en cuestión de minutos toda mi nueva vida iba a tambalearse.
Fue entonces cuando su padre, Ernesto, se me acercó. Nunca habíamos tenido una relación cercana, pero jamás pensé que me temiera… o que él creyera que yo debía temerle. Caminaba rígido, con la mandíbula apretada, como si estuviera cargando un peso que nadie más podía ver. Cuando llegó a mi lado, no sonrió. Al contrario, me clavó esa mirada dura que tanto caracterizaba a los hombres que han visto demasiado en la vida.
—Necesito hablar contigo —me dijo sin rodeos.
Pensé que sería una felicitación incómoda o algún consejo paternal. Nada me preparó para lo que ocurrió después. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un fajo de billetes. Lo sostuvo un segundo, como si dudara, pero al final lo tomó con decisión y me lo entregó. Su palma temblaba ligeramente.
—Toma —susurró, sin que nadie a nuestro alrededor notara la escena.
Me quedé paralizado, incapaz de cerrar los dedos alrededor del dinero.
—¿Qué… qué es esto, Ernesto?
Se inclinó apenas hacia mí. Su aliento cargaba el olor a whisky, pero sus palabras fueron claras como un disparo:
—Corre… si quieres vivir.
Sentí que la sangre me abandonaba la cara.
—¿Cómo dice? —logré murmurar.
—No preguntes aquí —respondió, manteniendo su expresión imperturbable—. Solo escucha. Tienes esta noche para irte. Sin despedidas, sin explicaciones. Si te quedas, mañana dejas de existir. Y no puedo ayudarte si decides ser valiente.
Me empujó el dinero contra el pecho hasta obligarme a sujetarlo.
—Camila… —empecé, apenas respirando.
—Ella no sabe nada —interrumpió—. Pero tampoco puede saber. Esto no tiene que ver con amor. Esto es más grande que ustedes dos. Por eso te lo digo hoy… porque al menos contigo puedo tener esta mínima decencia.
Y sin añadir nada más, dio media vuelta y se alejó entre los invitados, dejándome con mil dólares en la mano y un nudo helado en la garganta.
La música seguía sonando. Los invitados reían. Mi esposa buscaba mi mirada desde el otro lado del salón.
Pero dentro de mí, algo se rompió.
Y por primera vez aquella noche, sentí un miedo que no tenía nombre.
No pude dormir esa noche. Camila cayó rendida apenas tocó la cama del hotel, agotada por el día, ajena a todo. Yo, en cambio, permanecí sentado, mirando el sobre con los billetes como si fuera una bomba a punto de estallar. Las palabras de su padre me rondaban una y otra vez.
Corre si quieres vivir.
Intenté convencerme de que quizá era una mala broma. Ernesto nunca había sido cálido, pero tampoco parecía un hombre que gastara mil dólares en una burla. A las tres de la madrugada decidí salir a caminar. Necesitaba aire. Necesitaba claridad.
Fue entonces cuando me di cuenta de que alguien me seguía.
Primero pensé que era paranoia. Pero cada vez que giraba a la izquierda, ese hombre con gorra negra aparecía unos pasos más atrás. No se acercaba, no hacía nada, solo seguía mi ritmo. Cuando apresuré el paso, él también. Cuando crucé la calle, él esperó a que un coche pasara y luego hizo lo mismo.
No me atreví a volver al hotel, por miedo de que me viera entrar. Me metí en un restaurante abierto 24 horas. El seguidor no entró, pero se quedó fuera, apoyado en un poste, mirando hacia la puerta como si fuera un guardián paciente.
“Algo está pasando de verdad”, pensé, con el estómago encogido.
Volví al hotel solo cuando amaneció. No dormí. Apenas desayuné. Y cuando Camila se duchó, aproveché para revisar discretamente su teléfono. No encontré nada extraño, salvo un mensaje sin abrir de un número desconocido que decía: “Dile a tu esposo que no haga tonterías hoy.”
Sentí un escalofrío que me heló los huesos.
Decidí enfrentar a Ernesto. Lo llamé varias veces, pero no respondió. Así que conduje hasta su empresa, un depósito enorme de importación y exportación que siempre me había parecido demasiado grande para lo que él decía manejar.
Los guardias no me dejaron pasar, pero mientras discutía con uno de ellos, escuché una conversación detrás de la caseta. Dos empleados hablaban sin saber que yo estaba a unos metros:
—¿Supiste lo del yerno?
—Sí… el jefe quiere que salga del país hoy.
—Mejor para él. Si se queda, ya sabemos cómo termina esto.
—Como el otro —respondió el segundo, bajando la voz.
El otro.
No supe si caminar o correr.
Esa tarde, cuando regresé al hotel, encontré a Camila sentada en la cama, con los ojos hinchados y el teléfono en la mano.
—Mi papá me llamó —dijo—. Quiere vernos esta noche. Dice que es urgente.
Tuve la certeza de que no debía ir.
Y que si íbamos… algo irreversible iba a ocurrir.
Esa noche manejé con la sensación de que cada semáforo podía ser el último. Camila insistió en que no exagerara, que su padre era brusco pero jamás nos haría daño. Aun así, sus manos temblaban sobre las rodillas. Ella también estaba asustada, aunque no lo admitiera.
Ernesto nos citó en una bodega que él tenía a las afueras de la ciudad. No en su casa. No en la empresa. En una bodega. Eso solo ya era una mala señal. Cuando llegamos, había tres camionetas estacionadas afuera y dos hombres armados vigilando la entrada. Camila los reconoció.
—Son los escoltas de mi papá —susurró, intentando tranquilizarse—. No pasa nada. Siempre los usa cuando tiene reuniones importantes.
Pero nada en esa escena parecía una reunión.
Cuando entramos, Ernesto estaba de espaldas, mirando unos contenedores cerrados con candado. Se giró lentamente al escucharnos.
—Llegaron —dijo. No sonaba aliviado. Sonaba agotado.
Camila corrió hacia él, pero Ernesto levantó una mano para detenerla.
—No. Hoy no hay abrazos.
Ella se detuvo, confundida, mientras yo sentía el sudor frío recorrerme la espalda.
—Papá, ¿qué está pasando? —preguntó.
Ernesto respiró hondo. Luego me miró directamente.
—Te lo advertí. No quiero verte muerto. Y no quiero ver a mi hija sufrir por ello.
Camila giró hacia mí, completamente perdida.
—¿Morir? ¿De qué estás hablando?
Ernesto señaló los contenedores.
—Porque él —dijo, mirándome otra vez— ya vio demasiado.
Yo negué con la cabeza.
—No he visto nada. Solo quiero entender.
Ernesto dudó unos segundos. Luego, tomó un manojo de llaves y abrió uno de los candados. El contenedor se desbloqueó con un clic metálico. Empujó la puerta. Dentro no había mercancía legal. Había cajas sin marcar, armas envueltas, paquetes sellados al vacío.
Camila ahogó un grito.
—Papá… ¿qué es esto?
—Mi vida —respondió él con frialdad—. O más bien, la vida que nunca quise para ti. Pero ya no puedo salir de esto.
Me miró con una mezcla de lástima y resignación.
—Cuando te casaste con mi hija, pasaste a ser una vulnerabilidad. Mis socios creen que podrías ser usado en mi contra. O que podrías hablar sin querer. Por eso quieren eliminarte antes de que entiendas más de lo que ya sospechas.
Sentí que el suelo se me movía bajo los pies.
—Pero yo no tengo nada que ver con esto —intenté decir.
—Lo sé —respondió él—. Por eso te di dinero para huir. Porque si desapareces voluntariamente, ellos dejarán de buscarte. Preferirán creer que escapaste por miedo. Pero si te quedas…
Se quedó callado.
Camila lloraba, paralizada entre su padre y yo.
—Entonces vámonos juntos —dijo ella—. Los tres. Podemos irnos hoy mismo.
Ernesto negó con tristeza.
—Yo ya no puedo salir. Solo ustedes.
Nos miró una última vez.
—Llévatela. Protéjela. No vuelvan jamás.
Y con un gesto rápido, ordenó a sus hombres que abrieran una salida trasera.
Yo tomé la mano de Camila.
Corrimos sin mirar atrás.
Esa noche no solo empezó nuestro matrimonio… también empezó nuestra vida en fuga.
Y en algún lugar, entre sombras, sé que Ernesto pagó el precio de darnos esa única oportunidad.



